sábado 24 de agosto de 2019

Noticias | 9 jun 2019

Sociedad

Ansiedad, la gran epidemia argentina

Según estudios recientes, los trastornos de ansiedad representan la patología mental más frecuente en los argentinos. En 2018 se prescribieron 102 millones de recetas de ansiolíticos. ¿Por qué?


Ni melancólicos con tendencias depresivas, como sugiere nuestra cultura tanguera. Ni narcisistas sin remedio, tal como tantas veces nos catalogan observadores de otras latitudes. Ante todo, los argentinos somos ansiosos. Nos sudan las palmas de las manos, se nos cierra el pecho de angustia, vivimos con un temor atragantado, el tiempo nunca nos alcanza, las preocupaciones por el futuro nos convierten en fugitivos perpetuos del presente.

Las estadísticas lo confirman: el último Estudio Argentino de Epidemiología en Salud Mental que se realizó en las ciudades más grandes de siete regiones del país dice que los trastornos de ansiedad representan la patología mental más frecuente en los argentinos. Más del 16 por ciento padece de este mal contemporáneo cada vez más extendido en las vertiginosas sociedades occidentales.

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La investigación incluyó casi 4 mil participantes mayores de 18 años, representativos de aproximadamente un 50,1% de los adultos residentes en el país: los resultados determinan que lo más prevalente son las fobias específicas (6,8%), luego la ansiedad generalizada (3,9%), los trastornos de ansiedad por separación (3,1%) y el trastorno obsesivo-compulsivo (2,9%), seguidos por el trastorno por estrés postraumático, la fobia social, los trastornos de pánico y la agorafobia. Los estudios también demuestran que las mujeres son más proclives a sufrir de este mal. Ellas tienen casi el doble de probabilidades de padecer trastornos de ansiedad que los varones, pero también son más propensas a buscar un tratamiento porque no consideran a las enfermedades mentales ni a la asistencia terapéutica como un estigma.                                                  

Acelerados y perfeccionistas.

Paula P. (37 años) siempre se autodefinió como “acelerada”. Le resultaba normal anticiparse o preocuparse por cosas que después ni siquiera sucedían. Lejos de ser un inconveniente, ése era un rasgo que en su vida profesional muchas veces se asociaba a la eficiencia y a la productividad. “Siempre fui la alumna ejemplar, la empleada perfecta. Estaba acostumbrada a ser la chica diez capaz de resolver veinte cosas al mismo tiempo. Mi especialidad y mi talento era el multitasking, mucho antes de que ese término se empezara a usar habitualmente. Las cosas se complicaron cuando me convertí en mamá y pretendí sostener toda esa autoexigencia en lo laboral y lo familiar al mismo tiempo. Me volvía loca la sensación de no poder tener todo bajo control como había hecho durante toda mi vida. Ahí empezaron la angustia permanente, la sensación de ahogo, de no poder respirar”, cuenta esta abogada que vio cómo aquello que consideraba una virtud devino en una patología que la obligó a pedir ayuda profesional.

¿La ansiedad tiene su origen en un tipo de personalidad perfeccionista, impaciente y orientada a la concreción de objetivos? ¿O es más bien producto de un contexto exitista y opresivo que afecta a todos por igual? Paso a paso. Los especialistas opinan que antes que nada es fundamental remarcar la diferencia entre la ansiedad como una respuesta natural del organismo ante una amenaza y el trastorno mental: “Como síntoma, está presente en la vida diaria de casi todo sujeto viviente. La alerta psíquica que podemos sentir ante diferentes situaciones es un indicador de salud mental. En cambio, cuando la ansiedad me imposibilita salir de mi casa (como sería una agorafobia) o me hace sentir que me estoy muriendo (como puede pasar en un ataque de pánico) estamos ante una situación claramente patológica”, detalla el psiquiatra y psicoanalista Juan Cristóbal Tenconi.

¿Es distinto en la mujer que en el hombre?

Cansancio, dolor de cabeza, contracturas, problemas gastrointestinales, sudoración y taquicardia son algunos de los síntomas físicos más frecuentes. Pero también los hay del tipo cognitivo: temores, angustia, irritabilidad, preocupaciones excesivas. Los indicadores de ansiedad son variados y no distinguen diferencias de género. Sin embargo sí existen factores biológicos, culturales y vivenciales que explican porqué las argentinas (y las mujeres en general) tienen mayor tendencia a padecerlos que los varones. Hay quienes sostienen que por ostentar una mayor capacidad de detectar y verbalizar estados emocionales, ellas pueden estar más predispuestas a experimentar varios pensamientos negativos sobre el pasado y el futuro que se asocian tanto con la depresión como con la ansiedad. Para María Laura Andrés, psicóloga e investigadora del Conicet, a esto se le suma el contexto socio cultural: “La inserción laboral de las mujeres (con las inequidades que a veces viven en relación a los varones) y la carga mental que supone la gestión de la vida familiar y del hogar (que continúa siendo mayormente responsabilidad de las mujeres) puede desembocar en experimentar e informar mayor cantidad de síntomas de ansiedad en la vida cotidiana que ellos”.

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Más Clonazepam que mate

Las exigencias de la vida contemporánea son un condicionante ineludible en la salud mental de todas personas. A Mariano B. (42 años, empleado administrativo) lo agobian las presiones del ámbito laboral y la sensación constante de falta de tiempo. “En el trabajo todo es para ayer. Siento que no paro nunca, siempre abrumado por los pendientes. Durante años me la pasé haciendo horas extra con el objetivo de darle una vida mejor a mi familia. Cambiar el coche, el celular, mejorar el plan de la prepaga. Cada vez necesitamos más cosas y nunca es suficiente. Y a eso se le suma la desastrosa situación de este país. Me acabo de cambiar a un trabajo que parecía ser mejor, pero la alegría desapareció rápido: no sé cuánto voy a durar. Empezó una serie de despidos inesperados y mal comunicados. La incertidumbre es contagiosa y con síntomas preocupantes. Gente con ataques de pánico o que no puede ir a trabajar sin empastillarse. En la oficina, el Rivotril (el Clonazepam) ya corre más que el mate”, cuenta.

No se trata de un caso aislado. Desde el ámbito psicoanalítico, hay un registro contundente de esta problemática: “Hoy, como si hubiéramos viajado en el tiempo en la época del feudalismo, nos visitan en nuestros consultorios cada vez más pacientes que cumplen jornadas laborales de doce horas o más, que realizan un trabajo excesivo y que son hostigadas y hostigados por empleados con cargos más altos. La mayoría de estos consultantes no obtiene soluciones de sus empleadores ni cuenta con una vía de escape para esa fuente de estrés (y, con elevada frecuencia, de episodios depresivos mayores) que las licencias médicas prolongadas, las cuales a su vez reciclan las situaciones de estrés a otras modalidades (peritajes médicos, presión para regresar a sus puestos, amenazas de despidos, etc)”, escribe el médico psiquiatra Pablo Resnik, en su último libro, Vivir a mil. La ansiedad en los tiempos que corren (B Ediciones).

¿Las crisis tienen la culpa?

De existir un gen ansioso argentino, éste estaría signado por las recurrentes crisis de nuestro país. La inestabilidad socio económica parece inscripta en el ADN del sufrido ser nacional que, reiteradas veces a lo largo de su existencia, debe lidiar con una preocupación extra por un futuro incierto: “En tiempos de crisis es esperable que se agudicen indicadores de ansiedad y aparezca mayor preocupación e irritabilidad que puede o no acompañarse de síntomas físicos. Crear lazos, fortalecer vínculos, es protector, tanto de la ansiedad excesiva como de la depresión, trastorno que ocupa el segundo lugar en nuestra población, luego de los de ansiedad”, aporta María Laura Andrés.

Sin embargo, ante los cada vez más recurrentes cuadros de angustia, la mayoría de los argentinos se inclinan por soluciones express. El consumo de psicofármacos en constante ascenso da prueba de ello. Según el Sindicato Argentino de Farmacéuticos y Bioquímicos (SAFYB), ocho millones y medio de argentinos usan este tipo de medicaciones para tratar ansiedad, insomnio, nerviosismo y depresión. En 2018 se prescribieron 102 millones de recetas y se dispensaron 130 millones de envases de 30 comprimidos, incluyendo el 20% que se vende por fuera de la farmacia. Las estadísticas del sector también indican que las mujeres consumen más que los hombres. La tentación es grande cuando una simple pastilla, que hoy se consigue hasta a través de Internet, promete la supresión inmediata de síntomas tan agobiantes como los que trae una crisis de ansiedad.

Dentro de este panorama, los profesionales alertan sobre la gravedad del consumo de ansiolíticos sin prescripción médica: “Se observan actitudes ‘polarizadas’ entre personas que los consumen acríticamente sin supervisión médica y personas que desconfían de las medicaciones –muchas veces bajo la idea de teorías conspirativas– que los llevan a volcarse a las pseudociencias, es decir, disciplinas que no han probado su eficacia mediante el método científico. En ambos casos, el resultado puede ser negativo”, opina María Laura Andrés.

La hiperconexión: otro factor.

Facebook, Instagram, Twitter, WhatsApp. Diversos estudios demuestran que los argentinos estamos en el podio de los usuarios más entusiastas de estas redes sociales cuyo abuso está muy relacionado a los trastornos de ansiedad. En estas latitudes es habitual que un usuario use tres redes diferentes, cada vez con más frecuencia y en todo momento del día. Si bien el fenómeno ya tiene más de una década, el acceso masivo a los smartphones tuvo un efecto multiplicador en la presencia de las redes en las vidas de los argentinos. El costado menos amable de esta tendencia es el impacto registrado sobre la calidad de vida de muchos usuarios.

Para Marcela F. (traductora, 27 años) lo que empezó siendo como un juego se convirtió en una esclavitud a la vidriera de las redes: “Al principio me divertía photoshopear mis propias fotos, subir comentarios sobre cada cosa que hacía. Pero empecé a vivir muy pendiente del feedback de los likes. Pasaba mucho tiempo mirando perfiles de otras personas, comparándome con los demás. Mi familia y mis amigos se quejaban de mi dependencia con el celular. Me decían que estaba como ausente, todo el tiempo con los ojos puestos en la pantallita del teléfono. Incluso en el trabajo tuve problemas por eso. Llegué al punto en que quedarme sin batería era lo peor que me podía pasar. Me daba cuenta de que vivía con una inquietud permanente, pero no lo podía parar ni controlar”, relata.

En su centro de adicciones a las nuevas tecnologías Reconectarse, Laura Jurkowski es testigo de decenas de casos similares: “En general los argentinos somos muy sociables tanto online como offline. Esto nos hace caer en la trampa de las redes que se supone que son para conectarse con los demás. Sin embargo, la lógica de su funcionamiento hace que nos pongamos tan pendientes de la vida de los otros, o de lo que ellos quieren mostrarnos, que eso genera comparaciones, mucha angustia y ansiedad. Las situaciones de incertidumbre que tantas veces atravesamos en este país muchas veces nos hacen buscar respuestas fuera de nosotros, en las vidas de los demás”.

No sólo la autoestima baja por comparación (¿Por qué no puedo ser feliz como los demás?). Cómo me ven los otros y qué represento para ellos, cómo soy reconocido por los demás (primero dentro de la familia, luego en la escuela y los ámbitos laborales) son preguntas tácitas al funcionamiento de las redes, las cuales generan una enorme ansiedad. Además de su componente narcisista, las redes sociales nos entrenan para una inmediatez ansiógena imposible de replicar en todas las dimensiones de la realidad. La cultura del “Todo ya” tiene contraindicaciones: “Desde niños la espera no nos viene dada, es algo que debemos aprender, trabajar. La hiperconectividad permite que las cosas sean cada vez más en tiempo real. Estar tan conectados obviamente no ayuda.  Los tiempos humanos no son los de las computadoras, tardamos más”, reflexiona Juan Cristóbal Tenconi.

Bajar un cambio. Diferenciar lo urgente de lo importante; escuchar las señales del cuerpo; conectarse con el presente; planificar períodos de descanso; simplificar y abandonar el perfeccionismo, todas ésas son algunas de las estrategias que proponen los especialistas para evitar este mal contemporáneo, asociado a la autoexigencia e hiperactividad cuya sanación, paradójicamente, implica una buena dosis de tarea para el hogar.

Fuente: Clarín

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