domingo 13 de octubre de 2019

Noticias | 8 oct 2019

Alejandro Winograd para Clarín: Acerca del cambio climático ¿por dónde empezamos?

Resulta casi inevitable pensar que el primer paso que debe darse para reducir las emisiones es la identificación de sus fuentes: la principal está en China.


Un gran número de jóvenes -y algunos no tan jóvenes- se han movilizado en distintos lugares del mundo. Exigen que los gobiernos se ocupen de atender una serie de problemas ambientales, y sobre todo, que tomen medidas orientadas a disminuir las causas del cambio climático.

Es probable que estos reclamos continúen y que, más temprano o más tarde, tanto las autoridades como la sociedad en su conjunto se vean en la obligación de dar algún tipo de respuesta. El problema parece serio, y los debates que promueve, sumamente interesantes, pero… ¿cuál será esa respuesta?

Los efectos de las acciones humanas sobre el medio ambiente son múltiples y complejos, pero los reclamos están concentrados en la pérdida de hábitats naturales y en la emisión de los gases responsables del efecto invernadero. Y, si se quisiera resumirlos aún más, en la emisión de dióxido de carbono derivadas de procesos no naturales.

Resulta casi inevitable pensar que el primer paso que debe darse para reducir las emisiones es la identificación de sus fuentes: la principal está en China -18% de la población mundial-, en donde se origina casi un tercio de las emisiones. La segunda fuente -un sexto del total- está en los Estados Unidos, con una población menor, pero con un nivel de emisiones por habitante que duplica el de China.

El país que sigue, India, presenta una situación bien distinta; con una población casi tan numerosa como la de China, da origen a “apenas” el 6% de las emisiones mundiales. La lista sigue con Rusia, Japón, Alemania, Irán y Arabia Saudita, y si en lugar de ceñirnos a las emisiones totales, prestamos atención a las emisiones por habitante, veremos que los que encabezan la lista son: los principales exportadores de gas y petróleo; algunos países de muy poca superficie y alta densidad de población, y buena parte de las naciones más desarrolladas.

Es cierto que, si se da un paso más, se pueden encontrar diferencias derivadas de las características geográficas y climáticas y las pautas sociales y legales de cada país. Así, por ejemplo, mientras que en Canadá o Australia se emiten cerca de 15 toneladas de dióxido de carbono por habitante, en Holanda y en algunos de los países escandinavos, el valor es de entre 8 y 10, y en Suecia, Francia o Italia de 5 a 6.

Pero, aun si son importantes, esas diferencias se diluyen frente a lo que ocurre en los sesenta o setenta países más pobres del planeta, en los que las emisiones por habitante son de menos de una tonelada al año. Porque, aunque resulte incómodo, el nivel de emisiones de dióxido de carbono es, también, un indicador del grado de bienestar. Y tal vez sea por eso que se hace tan difícil encontrar una respuesta satisfactoria a las demandas que se plantean.

Sabemos que hay acciones que están al alcance de todos: viajar en transporte público, ahorrar energía, consumir alimentos menos elaborados y provenientes de áreas próximas, plantar dos árboles por cada uno que se tala, reciclar… Pero es posible que no alcancen. Una de las características salientes de los reclamos vinculados con el cambio climático es la urgencia, y tal vez, si de verdad queremos disminuir las emisiones de dióxido de carbono en un tiempo breve, lo único que podemos hacer es renunciar a muchas de las cosas que consideramos esenciales y aprender a vivir como vivieron nuestros antepasados o como viven, todavía hoy, varios miles de millones de personas. Y me pregunto si, de verdad, estamos dispuestos a hacerlo.

Alejandro Winograd es biólogo, escritor y editor.

Fuente: Clarín

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