lunes 21 de septiembre de 2020

Noticias | 11 sep 2020

Sociedad

La trampa de la montaña

Trabajaba para salvar vidas y terminó sepultado por una avalancha


Son las 7.30 AM en el Cerro Catedral, Bariloche, Patagonia argentina. A 2.000 metros de altura la temperatura es de 13 grados bajo cero. La oscuridad empieza a replegarse para dejar lugar a un infinito cielo azul. Al fondo se extienden lagos de formas inciertas, las montañas con sus picos y laderas nevadas. El que observa este paisaje estremecedor se siente el primer habitante sobre la Tierra, suelen decir los que tienen invierno tras invierno el privilegio de contemplar la postal.

Esa imagen, la posibilidad de llegar en soledad a los extremos de la naturaleza, opera como un pago extra a cambio de todos los sacrificios que atraviesa diariamente quien trabaja como patrullero de un centro de esquí. Un patrullero es un todo terreno que se ocupa, justamente, de todo. Un operario que va y viene por el corazón de la naturaleza asistiendo a aquellos que eligen la montaña para recrearse. No sólo un rescatista, sino un conocedor profundo de los ciclos de algarabía, del comportamiento del clima y de la acechanza de peligros que la gente común ignora pero que suelen representar un riesgo superior.

El jefe de patrulla del cerro Catedral, Mario Ruiz (50), era una figura destacada en ese reducido mundo en el que se mezclan esfuerzo y recompensa. Todavía abrumados por el dolor de su partida, a causa de una avalancha brutal, sus compañeros comentan que por amor a la montaña “Mario, antes de dejar la vida, ya había ofrendado todo”.

 

La última mañana

El 27 de julio pasado una avalancha produjo la muerte del más emblemático patrullero del sur. El mismo que en marzo había sido declarado “Patrullero del Año” durante un intercambio de experiencias en Aspen, Estados Unidos. Para su gente, Ruiz era el “patrullero ejemplar” en un trabajo que absorbe cuerpo y mente. A las 8.30 de aquel día, como cada mañana, Ruiz estaba en un sector de la montaña conocido como Pista Intermedia. En una temporada casi sin esquiadores debido a la pandemia de coronavirus, desarrollaba labores de prevención en el marco del Plan de Intervención de Desencadenamiento de Avalanchas (PIDA), junto a Oscar Raúl Arellano y Santiago Lenon.

Pista Intermedia se ubica 200 metros por encima del llamado Sendero de la Avalancha y 200 metros por debajo de la posta de Piedra del Cóndor en la cota de los 1800 metros sobre el nivel del mar. No era la primera vez que Ruiz acudía a este punto. La montaña era su lugar en el mundo. Ruiz conocía al detalle no sólo cada pista, sino los tramos inaccesibles y peligrosos, aquellos sitios a donde no llegan el grueso de los visitantes invernales. Sabía las formas de memoria: podía explicar sin fisuras los diferentes desniveles de las laderas, la morfología de cada promontorio de rocas, los tramos intransitables del filo.

Sabía, además, dónde es probable que una persona se pierda, dónde es posible que se desate una tragedia. Podía ver que tal o cual día, por las condiciones imperantes, su trabajo iba a resultar fatigoso. Era un intérprete de lo que la montaña, aún en su silencio milenario, es capaz de decir. Hay fotografías y videos que lo muestran testeando con sus esquís la nieve en años anteriores. Ruiz se para perpendicular a la pendiente, da un salto con los esquíes, un salto leve, y después otro. Es una forma sutil pero efectiva de medir, de tantear, el “humor” de la montaña, es decir, de identificar el riesgo certero de que se desencadene un alud de nieve.

 

El camino hasta la tragedia

El Cerro Catedral está ubicado a 19 kilómetros de San Carlos de Bariloche, la ciudad más importante de la Patagonia argentina. Al pie de la montaña, Villa Catedral puede recibir hasta 400 mil esquiadores por temporada. En 2020, por la pandemia de coronavirus, la zona luce deshabitada y con muy escaso movimiento.

Se trata del Centro de Esquí y Deportes   Invernales más importante de Sudamérica. Este año, la montaña estuvo cerrada por varios meses hasta que las autoridades decidieron abrirla sólo a residentes de Bariloche. Aún así las Patrullas de Auxilio del Cerro estuvieron operativas durante el invierno.

A las 7.30 AM, después de un desayuno alto en proteínas, la patrulla comienza su jornada de trabajo. El ascenso por la montaña se inicia por aerosilla y luego de empalmar tramos, los expertos llegan a la zona de Punta Nevada, desde donde iniciarán una travesía por el filo de la montaña.

La patrulla está integrada por tres personas. Ruiz la lidera. La noche anterior se ha acumulado mucha nieve sobre las laderas de la montaña. El terreno está incierto. Pero no es un escenario desconocido para los patrulleros.

Los expertos se aproximan al lugar del accidente. Es una travesía típica, muy conocida por ellos. A medida que se desplazan en descenso, van uniendo los diferentes refugios de la montaña. Primero Lynch, luego Militares. Se arcan a la zona conocida como Piedra del Cóndor.

En un invierno normal, sin pandemia, a esta misma hora, casi las 8 de la mañana, ya habría un buen número de esquiadores en la montaña. Pero esta vez, el Cerro Catedral luce vacío por completo y silencioso como casi nunca ocurre. Los patrulleros deben detectar sectores   peligrosos en los que podrían inducir   desplazamientos mediante explosiones   controladas.

La zona de la avalancha: dos de los esquiadores comienzan a descender por la zona de Pista Intermedia y llegan al sector conocido como “Camino de la Avalancha”. Se trata de una amplia hondonada muy cargada de nieve fresca, recién caída y muy inestable.

La avalancha tuvo lugar cerca de las 8.30, cuando la temperatura rondaba los -2 grados. Desembocó desde la altura, formando un cono hacia el camino ABC Norte y cruzando el Sendero de la Avalancha. Ruiz se encontraba con uno de sus compañeros a 1600 metros sobre el nivel del mar cuando lo sorprendió la tragedia.

Como era habitual en él, había llegado al Catedral sobre las 7. El ánimo alto, las ganas intactas, el sentido del humor rudimentario pero preciso. Ruiz se sabía líder e impulsaba con su energía a los 35 patrulleros que estaban bajo su mando. Los meses transcurridos en Aspen, la meca del esquí americano, lo habían inspirado de forma especial para este invierno 2020. Ahora que las actividades estaban suspendidas por la pandemia, Ruiz aprovechaba para poner a prueba nuevos conocimientos en las pistas despobladas y hacía planes para mejorar aspectos técnicos de la seguridad en la montaña. Como todos, esperaba, no sin cierta nostalgia, que la normalidad volviera a su ámbito. El Catedral tiene vida propia aún deshabitado, pero es durante la temporada alta de esquí, cuando lo embarga la efervescencia de los visitantes, que encuentra su mejor forma. Mar del Plata no es lo mismo vacía. Las playas sin gente, que ofrecen una imagen de naturaleza viva, en realidad son lugares muertos cuando no resopla sobre ellas el eco de aquellos que las caminan, se divierten y, al mismo tiempo, se reinventan para seguir adelante con sus rutinas opacas. El Catedral es igual: los turistas llegan con sus esquíes, sus trineos y sus tablas de snowboard y tocan a la puerta de la naturaleza, un “médico” que los cura cada invierno para que luego regresen al carácter prosaico de las cosas. Todo eso atraviesa a los patrulleros. Una montaña sin gente representa también una temporada para el olvido. Pero aún así, a veces, puede aprovecharse el vacío para mejorar todavía más. Eso pensaba Ruiz.

El sábado 25 y el domingo 26 de julio había nevado copiosamente en la región. Según estimaciones de Protección Civil y del Servicio Meteorológico Nacional se sumaron más de 50 centímetros de nieve por día en la zona. Por lo que las pistas del Catedral recibieron alrededor de 1 metro extra en 48 horas. En las cumbres, el acumulado del mes había alcanzado, con esta última arremetida, entre los 4 y 5 metros. En este extraño 2020 la Patagonia vivió nevadas que no se observaban desde hace 20 años. Con esta perspectiva, el riesgo de avalanchas se incrementa y por esa razón los patrulleros debían detectar sectores inestables. Una vez identificados, el paso siguiente era producir “avalanchas controladas” mediante explosiones

Lo habitual era que Ruiz y los suyos llegaran a lo más alto de la montaña – Punta Nevada a 1930 metros- a las 7.40 utilizando las aerosillas Séxtuple y Cuádruple para esquiar por el filo de la montaña hasta la zona de Militares, pasando por Refugio Lynch y luego por La Hoya. Como avezados esquiadores que eran, luego descenderían a discreción para hacer el relevamiento. Esta rutina les permitía tener una visión amplia del estado de las laderas. Una travesía con riesgos, pero nada desconocida para ellos.

Cuando nieva con intensidad, la nieve se acumula por capas. Una capa se superpone sobre otra a distinta temperatura, humedad y oxigenación, en un complejo armado arquitectónico natural que puede convertirse en una trampa para los esquiadores. La imprescindible labor de la patrulla consiste en descubrir estas fallas y provocar su caída antes de que se desprendan por sí solas poniendo en peligro la vida de los esquiadores.

Ocupada en el descenso de chequeo, la patrulla llegó a los alrededores de Pista Intermedia cuando se desencadenó una avalancha espontánea que arrastró unas 25 a 30 toneladas de nieve desde una altura de 1750 a 1800 metros. Expertos consultados por Clarín opinan que muy probablemente fue ese metro “extra” de nieve del fin de semana el que colapsó sobre ellos. El tipo de nieve que puebla El Catedral pesa unos 300 kilos por centímetro cúbico y las avalanchas del sector llegan a tener entre 70 y 80 metros cúbicos.

Eran aproximadamente las 8.30 y la temperatura rondaba los -2 grados. El viento corría a 11 kilómetros por hora.

Aunque Ruiz y Arellano se encontraban a unos 1600 metros, se especula que este último estaba parado algo más arriba que su jefe por el lugar en el que lo dejó el despliegue de nieve. La avalancha desembocó formando un cono hacia el camino ABC Norte, cruzando el Sendero de la Avalancha. Lenon, que salió indemne, permanecía todavía a un costado porque le entró un llamado telefónico.

Mario Ruiz

Mario Ruiz en pleno desplazamiento por las pistas del Cerro Catedral, donde trabajaba desde hace más de 30 años. Estaba al frente de la Patrulla de Rescate, pero había pasado por todos los puestos por los que puede pasar un “trabajador de la montaña”.

Mario Ruiz

Ruiz junto a un compañero en un simulacro de rescate, ladera abajo, con el cuerpo de una persona inmovilizado sobre la camilla. Año tras año, los expertos renuevan credenciales con cursos y capacitaciones. Un patrullero funciona como un operario todo terreno.

Mario Ruiz

Ruiz con sus dos hijas, la verdadera razón de su vida, el verdadero motor de cada incursión en la naturaleza.

Mario Ruiz

Ruiz en la zona de Punta Nevada, chequeando su teléfono móvil para encontrar señala. El Cerro Catedral es una montaña completamente conectada, con amplía infraestructura para telecomunicaciones.

 

Las placas mortales

Se trató de una avalancha de placas que pudo haber desarrollado una velocidad de 250 kilómetros por hora. A pesar de su vasto conocimiento en la materia, por su característica silenciosa, los patrulleros no la vieron venir. No la sintieron. El manto inestable, como el silencio de una niebla que avanza en sigilo, se extendió sobre los patrulleros con una potencia brutal. La nieve atrapa las piernas de sus víctimas y les impide huir: los absorbe de un modo pesado y rápido, engulle todo a su paso.

Las avalanchas de placas están formadas por una nieve semi compacta, con porcentajes medios de humedad, lo que las convierte en un híbrido peligroso. Una formación a mitad de camino de la avalancha de nieve en polvo y la avalancha de nieve húmeda. Puede no ser tan rápida como las otras (que llegan a los 300 kilómetros por hora), pero es sigilosa como una víbora. No es un trueno, como los desprendimientos que provoca un glaciar. Su sonido es apenas un susurro, como un crujido mortal. Una ola densa y granulada que desciende imparable hasta que encuentra su punto de evacuación y agotamiento en una suerte de embudo. Estas avalanchas tienen la consistencia como para llevarse todo por encima: piedras, ramas, maderas sueltas.

“La nieve tiene una metamorfosis destructiva a lo largo del invierno antes de su fusión final en agua. Ayudan mucho en esa metamorfosis, el sol, el viento, la lluvia, la humedad del ambiente, lo que sucedió fue que después de la nieve seca, siguió nevando más húmedo y eso aumentó mucho el peso del manto, entonces todo estaba al borde de venirse abajo”, explica el legendario montañista Sebastián de la Cruz.

“La nieve es agua y va para abajo, cuando nieva el copo de nieve es un cristal con ramitas y esas ramas del copo microscópico se apelmazan con los otros copos y arman una estructura. Cuando la nieve es fresca y seca a veces es muy volátil porque tiene mucho aire, pero a medida que se va asentando, eso se solidifica y se compacta. Uno de los problemas es cuando hay viento, que le quiebra esas ramitas microscópicas y entonces el cristal de nieve está roto y no tiene adhesión interna”, agrega.

La nieve tiene una metamorfosis destructiva a lo largo del invierno antes de su fusión final en agua. Ayudan mucho en esa metamorfosis el sol, el viento, la lluvia, la humedad del ambiente... lo que sucedió fue que después de la nieve seca, siguió nevando más húmedo y eso aumentó mucho el peso del manto, entonces todo estaba al borde de venirse abajo.

Sebastián De La Cruz

Sebastián De La Cruz

Montañista

Ruiz fue arrastrado unos 300 o 400 metros cerro abajo. Arellano quedó un poco más arriba. El golpe blanco los borró del mapa. Cuando Lenon volvió la mirada, sus amigos habían desaparecido. Gracias a los equipos de transmisión ARVA, con los que cuentan estos expertos, Arellano y Ruiz fueron encontrados con diferencia de minutos por otros patrulleros que se hallaban en la zona. Una médica del Club Andino Bariloche le dio atención médica al jefe de patrulla en la cota 1200. Pero nada se podía hacer.

Ruiz no falleció en verdad ahogado por el volumen o densidad de la nieve sino debido a los impactos que recibió en el cuerpo y especialmente en la cabeza, según fuentes especializadas. El jefe de patrulla sufrió fractura severa de cráneo, con pérdida de masa encefálica y neumotórax. Arellano, por su lado, soportó fracturas en sus piernas, múltiples contusiones en el hombro y tórax que lo dejaron en terapia intensiva, pero sin peligro vital.

Su muerte ofrece, entre múltiples lecturas posibles, una idea rotunda: una sombra de fatalidad subyace siempre por encima de la belleza del paisaje que más aman. El peligro no es ajeno a su profesión. Ruiz lo había señalado en una de sus últimas entrevistas a la televisión local: “El día comienza siempre igual pero no sabés cómo va a terminar”. Un mantra que hoy repiten los patrulleros. Pero agregaba Ruiz: “La montaña y la nieve son parte de mi vida, no me veo en otro lugar ni haciendo otra cosa y el día que ya no trabaje acá va a ser muy duro, creo que me voy de Bariloche”.

El accidente está siendo investigado por la Justicia. Los peritos han tomado diversos testimonios de personas que estaban en la zona. Hicieron un relevamiento fotográfico del área donde ocurrieron los hechos. El proceso estaría próximo a cerrarse puesto que las condiciones de seguridad eran las adecuadas para este tipo de tarea.

 

Ser patrullero: oficio de pasión y riesgo

La familia de Ruiz ha preferido mantenerse en silencio sobre los hechos acontecidos. La ausencia tiene un peso imposible. Ruiz era un hombre presente. Los testimonios de sus amigos y sus propios posteos en su cuenta de Facebook muestran a Ruiz como una persona dedicada a los afectos. En sus fotografías el patrullero aparece siempre ocupado y sonriendo. Tiene la mirada llana. Una mirada que parece no esconder nada. Un gesto franco y definido. Una expresión que carece de pliegues.

Los patrulleros son los primeros en llegar al cerro Catedral. Son los últimos en irse. Cada día de los 120 que dura la temporada invernal y por la que pasan en un año normal más de 450 mil personas. El equipo permanente del centro de esquí consta de 8 personas y el operativo de invierno emplea a otras 27 más.

Un transporte de la misma empresa concesionaria Catedral Alta Patagonia los pasa a recoger por sus hogares cerca de las 6 de la mañana. Se marchan 12 horas después cuando los medios de elevación se han detenido y los turistas descansan en sus hoteles, se divierten en discotecas, beben en cervecerías, se liberan de la opresión de la vida ordinaria mientras piensan que mañana incrementarán el desafío. Los deportes invernales tienen esa rara consecuencia adictiva: estimulan en demasía a quienes los realizan y los hacen sentir capaces de subir la apuesta. Es ahí donde los riesgos se desdibujan, donde la idea de peligro se desvanece o naufraga en el océano de la excitación.

Mientras tanto, ajenos a todo eso, cada patrullero carga con equipo de comunicaciones y esquí, ropas térmicas de colores llamativos que contrastan con el paisaje, guantes y botas para combatir el frío seco de la Cordillera. En la jornada además reciben una alimentación especial combinada con infusiones calientes, con el propósito de recuperar las energías que ocupan en una actividad mayormente al aire libre. “Subir es la pasión, bajar es el trabajo”, se les escucha exclamar.

Mario Ruiz

Mario Ruiz en Aspen Highlands, la montaña donde trabajó durante un intercambio de patrulleros de ciudades hermanas (Bariloche y Aspen) entre noviembre de 2019 y marzo 2020.

Mario Ruiz

Mario Ruiz junto a uno de sus compañeros de la última experiencia en los Estados Unidos.

Mario Ruiz

Mario Ruiz junto a la patrulla que integró en Aspen antes de volver a la Argentina para encarar su última temporada. En la foto, caminan sobre una pista llamada “Bariloche”, un homenaje de Aspen a su ciudad hermana.

Los profesionales saben que las avalanchas existen y que una vez desatadas hay poco que puedan hacer. Por eso los rigurosos planes preventivos. Por eso la obsesión con que recorren la montaña palmo a palmo en una serie cuidadosamente elaborada que prácticamente no falla.

El equipo de 8 patrulleros estables (que estaba liderado por Ruiz) desarrolla tareas preventivas incluso en verano y otoño. Cuando el cerro luce desnudo, cuando se puede apreciar su morfología monstruosa y fascinante, los especialistas despejan y acondicionan numerosas áreas para que las precipitaciones del invierno encuentren un terreno limpio. Un esfuerzo que colabora en la seguridad de los deportistas.

Sin embargo, su preocupación principal es la gente común. Cuidar de la rara inocencia que se apodera de las personas durante las vacaciones. Resolver los pequeños dramas cotidianos vinculados al deporte y a la operativa de hacer seguro el ajetreo de hormiga de 450 mil personas por invierno.

Durante la temporada alta los patrulleros tienen entre 35 y 50 intervenciones diarias sobre “los problemas de los otros”. Al frío polar, al viento de a veces más de 70 kilómetros por hora, al cansancio propio de una actividad que implica poner el 100% del cuerpo, se le suman los esguinces, las quebradoras, las caídas, los momentos de desorientación, más algún ataque de angustia de los clientes.

En julio y agosto Catedral es una micro ciudad dentro de una ciudad con varios de sus dramas y sus alegrías. Pistas, restaurantes, cafés, paradores y refugios absolutamente llenos. La efervescencia de una localidad costera mudada a otra que exhibe un océano blanco y helado.

Cuando los patrulleros llegan a los 2000 metros de altura por los medios de elevación a las 7.30 de la mañana, en los 120 kilómetros de pistas esquiables del mayor centro de esquí de Sudamérica no hay nadie. Solo ellos y la naturaleza.

“La sensación no tiene palabras. A veces tenés mucho viento y nieve, otras veces hay un silencio increíble y vos estás ahí. El aire es frío y el cielo se va colocando muy azul. Es hermoso”, describe Mauro Urra, del equipo de patrulleros de Catedral y compañero de Ruiz.

Apenas dos horas después se desata el infierno de las vacaciones. En días agitados Catedral recibe a unas 15 mil personas por jornada. Hambrientas de nieve, de entretenimiento, de esquí, de comida calórica, y finalmente, de atención especializada. Los patrulleros se ocupan de que este “momento” de las vacaciones, el más preciado, el más caro, transcurra en tranquilidad. En ese mandato entregan la piel.

Ser patrullero es como ser bombero, como ser salvavidas. Entre los que hacemos esto hay una gran camadería, una hermandad. Somos los que vivimos de la nieve y Mario era un referente de cómo llevar ese vínculo. Si miramos hacia atrás vemos años y años de experiencias compartidas, acá, en otros países, en las pistas, en la montaña. Es una vida juntos.

Mauro Urrúa

Mauro Urrúa

Compañero de patrulla de Mario Ruiz.

 

El cerro como medio de ascenso social

Por generaciones trabajar en los cerros, pero en especial en el Catedral, ha sido históricamente una salida laboral digna para miles de jóvenes del Alto de Bariloche, el gran barrio de la ciudad que reúne a las poblaciones más humildes. Los jóvenes saben que el ingreso puede ser difícil y quienes han logrado un puesto lo cuidan como a un tesoro. “Hay que tener contactos”, “Cuando entrás ya te cambia la cosa”, “No cualquiera entra”. Son algunos de los comentarios que se tejen en el Alto respecto al centro de esquí.

No se trata tanto del salario -en la villa el gran porcentaje de los salarios oscila entre los 35 mil y los 60 mil pesos- como del prestigio que implica una actividad en la que existe un reconocimiento social. Y un notable ascenso en la escala educacional.

El que trabaja en Catedral tiene la oportunidad de conocer gente de “todos lados” y de viajar a “todos lados”, explican en el barrio. No solo los instructores de esquí pueden lograr un pasaporte a otra vida. También los silleros, los lavacopas, los cocineros y, por supuesto, los patrulleros. Europa y Estados Unidos reclaman personal especializado en sus inviernos.

En el ambiente se entiende que la “doble temporada” -Bariloche-Andorra (Europa) o Bariloche-Aspén (Estados Unidos)- es el rudo método que tienen los laburantes de la nieve para ahorrar algo de dinero y tal vez comprarse un terreno para levantar su casa. En total son unos 240 días de trabajo, frío y esfuerzo. Durmiendo en albergues o departamentos compartidos por cuatro, cinco o más extranjeros. De este modo, juntando algo de plata y anécdotas en el Viejo Continente o en América es cómo se tejen lazos eternos.

“Trabajar en el cerro” es para los jóvenes de menores recursos económicos una alternativa a la universidad. Una en la cual se le exigen talentos físicos, antes que destrezas intelectuales. Quien se forma en el centro de esquí debe adquirir una amplia base técnica que se combina con cuestiones prácticas.

Porque estar en un centro de esquí requiere resistencia y no pocas veces valor. Una de las tantas escenas recurrentes en Catedral muestra, por ejemplo, a los patrulleros completando informes en una hoja de papel con los dedos congelados en el interior de uno de los refugios de auxilio. Afuera azota la tempestad blanca.

En otra se los encuentra rescatando en vertical a los turistas que han quedado colgados en algún medio utilizando técnicas de escalada a 15 metros de altura. Y en otra, bajando rápido entre los turistas no por placer sino con la mente puesta en socorrer a un accidentado.

“Ser patrullero es uno de los laburos más sacrificados de la nieve. Es una mezcla de deporte y oficio, porque recibes un dinero pero no es mucho, y a la vez necesitás una gran vocación de servicio, formación y aguante”, explica el montañista y escritor Toncek Arko. El jefe de patrulla debe encarnar al patrullero “absoluto”. Un ideal que era bien llevado por Ruiz, alguien que había superado todas las fases de un largo proceso de aprendizaje y experiencias.

 

Mario, amigo y hermano

El jefe de patrulla nació y se crió en el Alto de Bariloche. Más precisamente en el cruce de las avenidas Brown y Beschtedt. Desde esta zona de la ciudad se pueden observar con facilidad los bellos cerros de los alrededores. La paradoja es que el esquí en específico es un deporte caro y los chicos del Alto tienen escasas oportunidades de aprender el deporte. El paisaje entonces funciona como un horizonte que llama o repele por su imposibilidad. Algo está cambiando, no obstante. Desde 2018 la provincia de Río Negro y la empresa concesionaria Catedral Alta Patagonia impulsan un programa que le permite a unos 2000 niños de la localidad por año dar sus primeros pasos en la nieve.

Ruiz siempre fue una persona de singular iniciativa. En su adolescencia hizo una especialidad en electricidad que, sumada a sus habilidades manuales, le ayudó a convertirse en un imprescindible del cerro. A los 18 años consiguió un puesto menor en el Catedral y no paró más. En su corazón ser patrullero se había convertido en un destino, dicen sus amigos. Primero fue palero de las plataformas en la base. Siguió como sillero, es decir, ayudando a los esquiadores a subir y bajar de la aerosilla. En el medio ayudó en cualquier cosa donde se necesitara de su voluntad y sus buenas ideas. En 30 años aprendió a esquiar y se formó en labores de rescate, mantenimiento y seguridad. Fue patrullero, jefe de equipo y finalmente jefe de patrulleros del Catedral. El puesto más alto del escalafón.

“Arreglaba cualquier cosa. Era un persona que estaba muy atento y si faltaba algo se le ocurría cómo resolverlo. Jamás se quedaba frustrado”, dice Urra. “Ser patrullero es como ser bombero o salvavidas. Entre los que hacemos esto hay una gran camadería, una hermandad. Somos los que vivimos de la nieve y Mario era un referente de cómo llevar ese vínculo. Si miramos hacia atrás vemos años y años de experiencias compartidas, acá, en otros países, en las pistas, en la montaña. Es una vida juntos”, señala Urra.

Inevitablemente los patrulleros del cerro se sienten hoy más solos que ayer. En más de un sentido Ruiz era un padre o un hermano mayor para ellos.

“A Mario lo conocí en al año 92, yo tenía 12 años, subía a esquiar con mi hermano los fines de semana y durante las vacaciones de invierno. Mi papá era patrullero así que siempre estábamos con ellos, y él era amigo de Mario y compañeros de trabajo inseparables”, recuerda Rodrigo Arellano, patrullero.

“En el año 97, yo estaba terminando la secundaria, un día mi papá me dijo que se iba a realizar el curso de pistero socorrista en Catedral, y que si yo estaba interesado él me pagaba la inscripción. Aclarándome que tenía que practicar bastante para pasar el test técnico de esquí, el día que subí a que me tomarán el examen, estaba Mario de referente y examinador, recuerdo que yo con 17 años estaba muy nervioso, el bajó haciendo una demostración y se suponía que yo tenía que emular su bajada. Bajé, a mi parecer bastante mal, pero Mario me dio su visto bueno. Dos años después entré a trabajar en el equipo de patrulla, Mario era jefe de sector”, señala.

“Mi primer día de trabajo me tocó estar con él, me llevó a recorrer parte de la montaña, mostrándome cómo hacer una apertura de pista, y enseñándome muchas cosas prácticas del terreno, que en el curso uno no las aprende, siempre con mucha amabilidad, y una paciencia admirable. Desde ese día, no solo conocí a un jefe, conocí a un amigo, que siempre estaba superándose en lo profesional y como persona”, agrega Arellano.

El relato del patrullero ayuda a entender cómo Ruiz marcó la vida de muchos de los que en la actualidad trabajan en el centro de esquí desde su juventud. “Siempre aprendí mucho de él, Mario era una persona muy inteligente, sabía hacer de todo, desde soldar, hacer instalaciones eléctricas, infinidad de cosas prácticas”, subraya.

Los patrulleros constituyen una cofradía que se va forjando en largas rutinas sometidas a las inclemencias del tiempo. El líder de la banda es el encargado de sostener el siempre complejo equilibrio de las personalidades en danza.

“Fue un excelente compañero, amigo, jefe, padre y esposo. Su misión en esta vida era cuidar de los demás. Una persona que vivía para la Patrulla. Toda su vida estuvo ligada a esta profesión.

Frente a los desafíos diarios, transformaba en positivo lo negativo para que uno se sienta mejor. En el trabajo, siempre buscaba soluciones. Siempre inventando cosas nuevas, buscando la máxima excelencia. Siempre queriendo mejorar, avanzar y que seamos mejores profesionales”, lo define el patrullero Samuel Cárdenas. “Sacaba lo mejor de todos y nos daba la oportunidad de crecer y desarrollarnos en nuestra profesión. El siempre te escuchaba. Un hombre humilde, silencioso pero muy observador, todo lo examinaba. De una templanza excepcional”, subraya.

Después de la muerte de Ruiz, el cerro Catedral permaneció dos días de duelo. Terminado el tiempo de reclusión los patrulleros volvieron a sus empeños. “Nos pasaron a buscar, subimos como siempre y aunque no será lo mismo, seguimos adelante”, reflexiona Urra con templanza. Una vez más los equipos que gobiernan esta montaña regresaron a la cúspide de los cerros. En un raro homenaje de la naturaleza retornaron los días calmos y el cielo azul apareció en toda su dimensión. Abajo, a miles de metros de distancia, el mundo parecía como si recién hubiera nacido. Pero sin Ruiz no se trataba ya del mismo lugar.

Fuente: Clarín

OPINÁ, DEJÁ TU COMENTARIO:
MÁS NOTICIAS