“Mi país desea ser constructivo, no destructivo. Desea acuerdos, no guerras, entre naciones. Desea él mismo vivir en libertad, y en la confianza de que los pueblos de todas las otras naciones disfrutarán igualmente del derecho de elegir su propio modo de vida”, dijo hace exactamente 69 años un 8 de diciembre el ex presidente de los Estados Unidos, Dwight Eisenhower, ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Con su memorable discurso titulado "Átomos para la Paz" ante el pleno de la comunidad internacional, el mandatario hacía una astuta y doble jugada al calor de la Guerra Fría que encontraba a las dos potencias de entonces enfrentadas, los Estados Unidos y la ahora ex Unión Soviética, con posesión efectiva de la bomba atómica (el primero la obtuvo en 1945 y el segundo en 1949), de la bomba termonuclear, de submarinos y bombarderos estratégicos
Se cumplen 69 años del día en que el presidente de los Estados Unidos Dwight Eisenhower habló ante la Asamblea General de las Naciones Unidas.
Pero además, encontraba al mundo aterrado por los efectos tangibles, trágicos, de los usos de la bomba atómica sobre las ciudades japonesas de Hiroshima (160.000 muertos por distintos tipos de exposición) y Nagasaki (80.000 muertos).
Desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania, sufrió varios ataques, lo que implica un riesgo enorme para toda Europa.

Con su doble lenguaje Eisenhower se convirtió en un abanderado de la paz ante los comunistas soviéticos apelando a perder el miedo a la energía nuclear sin soltar el uso de la misma y promoviendo su uso para la salud, la producción agrícola e industrial. Al mismo tiempo hacía propaganda a las empresas eléctricas de los Estados Unidos que adquirían un notable liderazgo tecnológico en los mercados internacionales del bloque capitalista.
Su discurso fue la semilla que dio nacimiento al Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA o AIEA, según sus siglas en inglés), la organización que controla la seguridad nuclear a nivel global y que hoy dirige el argentino Rafael Grossi.

Grossi en Zapoiriya
El estatuto de la OIEA fue firmado por 81 naciones en octubre de 1956 y su creación la rubricó el mismo Eisenhower el 29 de julio de 1957. Hoy la integran 175 Estados y Grossi dirige un organismo en el que trabajan 2.500 personas y 130 nacionalidades.
Sesenta y nueve años después del discurso de Eisenhower y sesenta y cinco después de la creación de la primera versión de la OIEA el mundo es otro, pero los riesgos nucleares son “múltiples, reales, cotidianos y existen”, dijo Grossi, quien recibió a Clarín en su despacho del Centro Internacional de Viena, donde funciona el organismo desde 1979.
La sede central sigue estando hoy en Viena, pero la OEIA tiene oficinas de enlace en Nueva York y Ginebra, laboratorios de investigación y centros de desarrollo en Seibersdorf (Austria), Mónaco y Trieste (Italia) y oficinas regionales y de salvaguardias -así las llaman- en Toronto y Tokio.
En total trabajan 250 inspectores que controlan el uso del material nuclear y también trabajan 900 científicos. Parte de esas misiones son las que se han visto recientemente en Ucrania e Irán.
“Este organismo es como Jano, como ese Dios que tiene dos caras. Una cara es la que normalmente se asocia a la OEIA, que es el Nuclear Watch, el cancerbero, Irak, Irán, Corea del Norte, Siria, Libia y ahora todo lo de Ucrania. Es decir, un organismo muy vinculado a la agenda estratégica militar, el uso de las armas nucleares, la proliferaciones nuclear. Tenemos en este organismo un inspectorado internacional que es el más grande del mundo y que vigila todas las instalaciones nucleares en el mundo”, comienza diciendo Grossi en su oficina por donde se ha visto en estos dias entrar y salir al embajador de Rusia y al de Ucrania para buscar una mediación en torno a la central nuclear ucraniana de Zaporiyia,
Como si la humanidad no hubiera aprendido de sus propios desastres, hoy el mundo se enfrenta a los peligros que entraña la guerra en Ucrania, donde se encuentra la central de la ciudad de Zaporiyia que para Grossi es actualmente el “lugar más peligroso del mundo”.

Grossi cara a cara con Putin
Es la mayor central nuclear de Europa y es la tercera en todo el mundo. Está asediada por las fuerzas de la Federación Rusa desde pocos días después de la invasión de Vladimir Putin a Ucrania, del 24 de febrero pasado.
Desde entonces ha sufrido ataques a su alrededor, bombardeos seguidos de incendios, apagones y otros incidentes que la convierten en blanco de una tragedia de mayor alcance incluso que la que tuvo lugar ya en Chernobyl. La vieja central nuclear llamada Vladimir Ilich Lenin, ubicada en el norte ucraniano sufrió la explosión de su reactor 4 durante una prueba de interrupción eléctrica y generó al menos 31 muertos directos, aunque el número verdadero se desconoce y causó la devastación en la ciudad en uno de los episodios nucleares más emblemáticos que se conocen.
"Lo que yo he propuesto es establecer una especie de 'santuario' en la planta, es decir independientemente de que se haga la guerra, adonde nosotros no podemos meternos. Yo no soy mediador en el conflicto. Yo lo que estoy diciendo es: 'Señores esto solo no toquen porque si esto se toca esta planta causará un accidente de orden radiológico", advierte Grossi. Dice que las preocupaciones occidentales están puestas también en los avances nucleares de Corea del Norte e Irán y que desde que Donald Trump abandonó el acuerdo firmado por Barack Obama y otras potencias, en 2015, el gobierno de los ayatolas retomó su programa nuclear a toda marcha.

Grossi con Zelenzky
En el complejo de edificios donde se levanta el Centro Internacional de Viena, una suerte de pequeña "ciudad", pululan funcionarios europeos, latinoamericanos, asiáticos, africanos. Y todos los días hay actividades diferentes. El día que Clarín visitó a Grossi, unos funcionarios chinos habían montado unos stads sobre el uso de la energía nuclear y el agua.
El dia anterior, Grossi había mantenido encuentros también con funcionarios de la FAO para hablar de alimentos. Otras áreas que maneja desde su organismo tienen que ver con la cura de enfermedades, la preservación del medioambiente o la infraestructura eléctrica.
Nacido en el barrio de Almagro hace 58 años, Grossi integró la primera camada de diplomáticos recibidos en el Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Es Embajador en Austria y Representante Permanente ante los Organismos Internacionales, con sede en Viena. Empezó su carrera como discípulo del fallecido embajador y titular de la Dirección de Asuntos Nucleares (DIGAN) de la Cancillería, Adolfo Saracho.
Su llegada a la dirección general de la OIEA fue un tiunfo personal, pero también una victoria para el país durante la gestión de Cambiemos, y que ahora acompaña la de Alberto Fernández como parte de lo que debería ser política de Estado en todos los ámbitos de Argentina, y no lo es.
Su coronación, en 2019, ante el máximo organismo que vela por la seguridad nuclear, fue una carrera llena de obstáculos, que debió negociarse en el equilibrio geopolítico y tener aval de los cinco grandes del Consejo de Seguridad: Estados Unidos, China, Rusia, Francia y Reino Unido.
Por empezar, al principio de la gestión Cambiemos, el gobierno se había concentrado en postular a la ex canciller Susana Malcorra a la Secretaría General de las Naciones Unidas, que al final obtuvo el portugués Antonio Guterres.
En 2019, el mapa geopolítico de la cuestión nuclear ya estaba atravesado de varios conflictos: el de Irán, el de Corea del Norte, el de India y Pakistán, por tan sólo poner algunos ejemplos. El argentino sorteó todos.
Fuente: Clarín