viernes 19 de agosto de 2022

Noticias | 6 jul 2022

Malvinas

César Cao Saravia, el argentino que quiso comprar las Malvinas

El empresario metalúrgico, muy vinculado a Juan Domingo Perón, intentó recuperar nuestras islas mediante una operación financiera


La idea original era adquirir el paquete accionario de la Falkland Island Company, una sociedad anónima que virtualmente monopolizaba la producción de bienes y servicios en el archipiélago de las islas Malvinas. En marzo de 1977, César Cao Saravia se comunicó, mediante telégrafo, con la casa matriz de la empresa, que tenía sede en Londres, informándoles a sus responsables que tenía la intención de iniciar conversaciones por una operación a realizarse a través del Banque Occidentale. En ese momento, durante una entrevista que le hizo un medio argentino, César Cao Saravia informó: “Estimo que la transacción será de unos diez millones de dólares”. Curiosamente, la lucha que emprendió Saravia es una lucha que hasta el día de hoy ningún gobierno pudo afrontar con éxito: recuperar la soberanía de las islas.

Nació el mismo día que Juan Domingo Perón, el 5 de octubre de 1918, en la provincia de Salta. César Cao Saravia es una de esas excepciones de la regla; con trabajo, dedicación y, sobre todo, sin ingresar en negociados sucios, llegó a encabezar una sólida empresa, amasar una fortuna, hacer beneficencia anónimamente y denunciar las cosas que nunca han cambiado en el mundo en que vivimos: la usura y las injusticias. Aunque sonara pueril, sus deseos más grandes habían tenido que ver con sanear la economía del país, animándose a encarar, por ejemplo, planes para comprar los ferrocarriles.

Los primeros años de su vida fueron muy humildes. De chico fue guarda de ómnibus en Salta, luego pisó Buenos Aires y comenzó una desesperada lucha por el sustento. Vendió diarios, repartió volantes de cine, enceró pisos, trabajó en una panadería y se recibió con gran sacrificio de bachiller. Entró después a la Escuela de Policía y fue oficial de guardia de la comisaría 19; también había comenzado la carrera de Medicina. Un día renunció a todo y se fue al campo para entrar en el negocio del hierro. Así fue como, a principios de la década de 1950, Saravia fundó en la localidad de Chascomús la planta de Emepa, que con el paso del tiempo se convertiría en el establecimiento metalúrgico mejor equipado de Latinoamérica.

Algunos colegas suyos creían que Saravia, tal vez por haber conocido tan de cerca la miseria, cuando se convirtió en uno de los empresarios más importantes del país tuvo la sensibilidad y la lucidez necesarias para ayudar a los más postergados y a las entidades públicas que se abocaban con más seriedad a paliar sus necesidades. En 1972, le organizaron un acto en el Luna Park propiciando su candidatura presidencial, pero él la rechazó porque estaba convencido de que obraba por intuición y no por razonamiento. Le gustaba citar una frase del filósofo oriental Confucio que subrayaba que cuando los gobernantes no usan términos que representan la realidad los pueblos tienen la capacidad de reaccionar, pues gobernar no es solo el arte de saber mandar.

Políticamente, no perteneció a ningún partido. No obstante, en un sentido social y humano, decidió volcar sus esfuerzos dentro del justicialismo. Nunca se consideró peronista, pero había tenido varias entrevistas con el General Perón en España y Argentina. “Me enseñó muchas cosas, hablábamos largas horas”, reveló el empresario alguna vez. “Una vez me tomó del brazo y me mostró una fotografía de un hombre a caballo y un chico y me dijo: Este es mi padre y este soy yo, pero este chico ya no puede ser nada porque tiene ya 77 años. Y al lado había otra foto de un chico andrajoso –después me enteré que Sebastián Borro se la había llevado– y ese chico era yo”. De todos modos, siempre reconoció en el General un sentido humano esencial: “Desde que Perón asumió, no se pegó más a un peón de campo o a una sirvienta”.

Saravia murió a los 90 años, a mediados de 1988. En total, sus proyectos han conocido los despachos de 14 presidentes. En sus últimos años, empezó a disfrutar de la música y la meditación. Lo que nunca pudieron arrancarle es su idealismo, algo que según él no tenía un significado abstracto, “porque el idealista que se aparta de la realidad no es idealista, es un iluso”.

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