domingo 10 de mayo de 2026

Noticias | 14 Feb 2023

Sociedad

Así trabaja una unidad hospitalaria dedicada a atender a niños víctimas de violencia

Cada día, a la unidad de Violencia Familiar del Hospital Elizalde llegan entre dos y tres casos nuevos…


Son las 8.15 del jueves. Alrededor de la mesa, hay parte de los 13 integrantes de la Unidad de Violencia Familiar del Hospital de Niños Pedro de Elizalde, el histórico coloso que se alza a 550 metros de la estación de trenes de Constitución. En una de las cabeceras está sentado Juan Pablo Mouesca, jefe del área, pediatra y psiquiatra infantojuvenil, rodeado de cinco psicólogas y un psicólogo.

Circula el mate y el café. Hay algunos paquetes de galletitas dulces y varias carpetas hinchadas de informes que contienen historias sobre bebés, niñas, niños y adolescentes maltratados en sus hogares, que llegan con marcas en sus cuerpos, brutalmente golpeados o, en ocasiones extremas, ya sin signos vitales. El resto del equipo de la unidad está compuesto por una pediatra, una trabajadora social, un abogado que comparten con la dirección del hospital y una empleada administrativa. Pero esta mañana varios están de vacaciones: son las primeras que se toman desde que empezó la pandemia.

En casi tres años, nunca dejaron de trabajar. “Vamos a hacer el pase del día. Actualmente tenemos 10 pacientes internados por violencia. Es el promedio habitual.

En general, hay picos de consulta y en esta época debería haber menos casos, pero este año no hubo temporada baja”, explica Mouesca a LA NACION. Tiene un ambo azul oscuro y la barba cortada al ras. A esos diez chicos que están distribuidos en las salas de internación del hospital, hay que sumarle un 60 o 70 más que la unidad atiende de forma ambulatoria. Por día, reciben entre dos y tres consultas nuevas de admisión.

Como no dan abasto, desde la unidad priorizan los casos más graves entre lo que siempre es grave. “Queremos tres cosas: que se conozca lo que hacemos, que se sepa que estamos desbordados y que la violencia existe”, subraya Mouesca. Por eso, él y su equipo accedieron a esta nota.

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Todas las mañanas, el equipo que coordina Mouesca se reúne para hacer “el pase” del día. Entre los niños internados este jueves hay un un pequeño con una doble fractura de cráneo por una supuesta caída.

 

La historia de Lucio Dupuy, el pequeño de cinco años asesinado en La Pampa por su madre y la pareja de ella, conmovió a la opinión pública y puso sobre la mesa de la forma más cruda una realidad que suele permanecer en las sombras: la de la violencia intrafamiliar. La semana pasada llegó a los medios el caso de la niña de 7 años que, según constató la policía tras un llamado al 911, presentaba “golpes notorios” en distintas partes del cuerpo.

Estaba encerrada en un cuarto donde, de acuerdo a lo trascendido, le daban de comer comida podrida. Estas historias que nos indignan y conmueven cuando se hacen públicas, son parte de la cotidianidad con la que la unidad de Violencia Familiar del Elizalde se choca a diario. Así de duro. Así de real.

Muchos niños y niñas llegan con traumatismos y fracturas de todo tipo: hematomas, quemaduras, lesiones o infecciones, que disparan las alarmas de un posible caso de violencia física o sexual, por nombrar algunos ejemplos. Pero también están los que arriban cuando ya es demasiado tarde: van directo a la terapia intensiva, sin signos vitales o en un estado de gravedad tal que fallecen a los pocos días.

El abanico es enorme y el denominador común es la necesidad de un abordaje especializado e interdisciplinario en el que el Elizalde se convirtió en pionero a nivel nacional. Cuando un posible caso de maltrato llega al hospital, el equipo de Mouesca interviene inmediatamente para identificar qué pasó y busca garantizar el resguardo de ese paciente. Para eso, articula con una multiplicidad de actores: desde juzgados, hasta organismos de protección de derechos de niños y otras instituciones como hogares, ya que en muchos casos, después de la internación, las chicas y los chicos no pueden volver con su familia nuclear o ampliada (tíos, abuelas u otros). Es una rueda que no para nunca.

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Entre dos y tres casos nuevos llegan cada día a la unidad de Violencia Familiar del Hospital Elizalde. En el archivo, se guardan las historias clínicas de más de 8700 pacientes que fueron atendidos en los últimos 35 años.

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Las puertas de entrada


Según la Organización Mundial de la Salud, 1 de cada 2 niños y niñas es víctima de algún tipo de violencia, que en el 70% de los casos ocurre en el ámbito familiar. En nuestro país, y de acuerdo a una proyección hecha por Red por la Infancia, estamos hablando de 7.000.000 de niños. Un dato más: solo en 2022, la línea 102, que ofrece una atención especializada en los derechos de las infancias y adolescencias, recibió 39.409 llamados de todo el país.

De esos, 21.319 estuvieron asociados a situaciones de violencia. “Diría que, en general, en los hospitales se detectan menos de un 10% de los casos de maltrato que realmente hay. Esto sucede por un sinnúmero de obstáculos. Primero, los pediatras tenemos idealizado el rol de la familia como un lugar donde los niños se desarrollan potencialmente, lo que varias veces no es así.

En segundo lugar, debemos entender que cuando vemos una situación de violencia, pensar que será la única es una equivocación: se van a repetir en frecuencia y van a aumentar en intensidad, por eso hay que intervenir inmediatamente”, reflexiona Javier Indart, director médico del Elizalde. Los casos que ingresan a la unidad de violencia lo hacen por tres grandes vías.

La primera es cuando los juzgados u organismos de protección de derechos (las llamadas “defensorías de niños” en el territorio porteño o “servicios zonales” en el conurbano) les solicitan su intervención. Reciben unos 200 pedidos de este tipo por año: “Solamente en diciembre nos llegaron 20, a los que les tuve que decir: ‘No tengo capacidad operativa, ya no doy más’”, expresa Mouesca.

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Mouesca, pediatra y psiquiatra infantojuvenil, se enfrenta a la realidad más cruda a diario y asegura que hacen falta más espacios especializados en maltrato contra niños.

 

La segunda puerta de entrada es la “demanda espontánea”: familias que se acercan a contar situaciones de violencia contra chicos en sus entornos. La tercera es a través de la interconsulta, es decir, derivaciones de otros sectores del hospital como la guardia, la terapia intensiva, el servicio de salud mental o el de adolescencia. Se actúa de forma interdisciplinaria e interjurisdiccional.

“Todo el tiempo hacemos red y tenemos que hacer un doble trabajo: atender pacientes y llamar a las defensorías, hacer los informes que nos piden los juzgados, etcétera. Y eso implica también trabajar con otras jurisdicciones porque, aunque estamos en la ciudad de Buenos Aires, muchos pacientes vienen de la zona sur del conurbano: Florencio Varela, Quilmes, Avellaneda”, explica la psicóloga Anabel García.

Cuando la profesional no está atendiendo, el celular es una extensión de su brazo. Con los distintos sectores del hospital, comparten grupos de WhatsApp que llevan los nombres de cada paciente. Son centenares de mensajes a través de los que se mantienen al tanto de cualquier novedad: si alguien pasó a visitar a los niños, si la Justicia dispuso una orden de restricción de acercamiento para algún familiar o si ya están listos para el alta, entre otras situaciones.

“Hay cuatro formas básicas de violencia: física, sexual -que es la que abarca la mitad de los casos que recibimos en la unidad-, emocional -que subyace a todos los maltratos y es terrible porque no se ve- y la negligencia, que es cuando teniendo los recursos no se dan los cuidados básicos a un chico o una chica”, enumera Mouesca, que está por cumplir 53 años y empezó a trabajar en el Elizalde en 2011.

La habitación de Camila
El pediatra toca el botón y espera. Los ascensores que recorren el hospital están vidriados, al igual que el techo de su hall central, lo que lo vuelve particularmente luminoso. Esta mañana hay un cielo sin nubes y el sol derrama sus rayos sobre los bancos repletos de familias que aguardan ser atendidas. Mouesca sube dos pisos hasta una de las salas de internación y camina por un pasillo con las paredes pintadas con personajes de Disney. Se para frente a la puerta de una habitación que tiene colgado un banderín con el nombre de la niña que la ocupa. La llamaremos Camila para preservar su identidad.

 

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Camila llegó hace más de un año con una lesión en su pierna que generó sospechas de violencia. Su habitación, repleta de peluches y dibujos, es su lugar de protección.

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Cuando Mouesca le pregunta si podemos pasar, asiente con la cabeza. Tiene 9 nueve años y el pelo largo con bucles. No sonríe: observa. Le pedimos permiso para ver sus juguetes y vuelve a asentir. Sobre un banquito, hay un unicornio rosa de peluche que se llama Estrella y varios más repartidos en el sillón que está debajo de la ventana. En una esquina, un placard con la ropa prolijamente doblada y, enganchada de la puerta abierta, una toalla que también tiene unicornios. De las paredes cuelgan dibujos. Si la cama no fuese de hospital, podría ser el cuarto de cualquier niña.

Camila llegó al Elizalde hace más de un año, con una lesión grave en una pierna que generó sospechas entre los médicos. Finalmente, se descubrió que tenía una fragilidad en los huesos vinculada a dos enfermedades, pero además era víctima de violencia física e intrafamiliar. “Yo no quiero volver a mi casa. No me quiero morir como mi tía”, le dijo a los profesionales que la atendían, en referencia a una hermana de su mamá que había fallecido tiempo antes. La lesión hizo que requiriera, hasta el día de hoy, varias intervenciones quirúrgicas.

“Si ella tuviese una familia que la contuviese, se hubiese podido ir y volver para operarse. Pero no es así, y cuando le den el alta, va a ir a un hogar”, detalla Mouesca. La mamá de Camila murió mientras la niña estaba internada.

Su padre es violento. Una tía y una abuela fueron evaluadas como potenciales cuidadoras, pero hace semanas que no la visitan. Paula, una terapista ocupacional que depende del servicio de salud mental, se suma a la habitación y a Camila la cara se le ilumina. Juntas están haciendo un especie de diario íntimo donde la paciente va registrando su paso por el hospital: los momentos buenos y los malos, las cosas cotidianas. Mouesca explica que el día de mañana podrá llevarse con ella esa memoria, una manera de recordarle que en su paso por aquí fue cuidada y querida. El Elizalde es el hospital pediátrico más antiguo de Latinoamérica.

Fue fundado en 1779 como “Hospital y Casa de Niños Expósitos” e históricamente se lo conoció como “Casa Cuna”. La unidad de Violencia Familiar se creó como un proyecto piloto hace 35 años, de la mano de la reconocida psiquiatra infantil Diana Goldberg. Su equipo es pionero en este tipo de atención. De hecho, en la ciudad de Buenos Aires únicamente el Hospital Álvarez cuenta con otro similar. Mientras que, dependiente del Ministerio de Salud de la Nación, solo hay un dispositivo interdisciplinario que brinda asistencia sobre violencia intrafamiliar en la provincia de Buenos Aires: la Comunidad Nacional Dr. Manuel Montes de Oca, en Luján.

Desde ya que en los hospitales hay equipos de salud mental en los que se desempeñan trabajadores sociales, psicólogos y psiquiatras que hacen una intervención inicial en caso de maltrato, pero no replican el funcionamiento de unidades especializadas. Mouesca considera que sería fundamental que hubiese más espacios como el que él coordina a lo largo y ancho del país. Y vuelve a recordar que la detección temprana puede cambiar destinos. Sobre el caso Dupuy, subraya: “Para que un niño muera así tiene que haber una parte importante de la sociedad que no miró”. Con respecto al lugar que las violencias contras las infancias ocuparon en el último tiempo en los medios de comunicación, reflexiona:

“Es clave que se visibilice esta problemática. Pero también entender que si uno abre la puerta para reconocer y denunciar situaciones de maltrato, es también importante que se dé una respuesta adecuada. Hay muy poquitos lugares especializados y es ahí donde se arma un cuello de botella”.

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Cuando no está atendiendo, Anabel García se mantiene al tanto de todos los casos desde su celular: con el resto de los profesionales comparten grupos de WhatsApp que llevan los nombres de cada paciente.

 

Síndrome del bebé sacudido


El pediatra enfatiza que la violencia es muchísimo más grave cuanto más pequeño es el niño: “El mayor riesgo está en los primeros meses de vida. Una de las formas más frecuentes de mortalidad vinculada al maltrato es por el síndrome del bebé sacudido”, describe. Es cuando las madres o los padres los sacuden con tal violencia que se produce una hemorragia en su cerebro que puede matarlos o producir secuelas irreversibles. Por ejemplo, atendieron a un pequeño de seis meses que quedó ciego de un ojo por esa causa.

− ¿Cómo se actúa cuando llegan estos casos? − Van directo a terapia intensiva y hay que detectarlos. No es que los padres vengan con un cartel que dice: ´Yo lo sacudí´. Los niños llegan con convulsiones, por ejemplo, y a veces se sospecha de una meningitis. Depende del entrenamiento médico poder detectarlo. Entrenamiento que en el Elizalde tienen. También para identificar otras situaciones graves como el síndrome de Munchausen: “Es una forma de maltrato emocional y a veces física que se da cuando el cuidador dice que el chico tiene enfermedades y los médicos les hacemos intervenciones hasta que nos damos cuenta de que no es real. Si no se detecta, va empeorando”, explica el pediatra.

En diciembre falleció en el hospital un niño de 13 años que sufrió esa forma de violencia por parte de su madre. A Mouesca le duele recordarlo: “Se me fueron haciendo callos con otros casos, pero este todavía es muy reciente”. A la unidad de Violencia Familiar se accede subiendo la escalera que se abre a la izquierda del hall principal del Elizalde. Una vez adentro, hay un pequeño recibidor con una estantería repleta de juegos de mesa, dinosaurios y autitos de plástico.

También tres consultorios. Entre las necesidades que tienen, los profesionales subrayan la de sumar una trabajadora social más: aunque el cargo se reclamó en varias oportunidades, todavía no se creó. “Sería muy importante, por todo lo tenemos que registrar para los juzgados, ya que no alcanza con ponerlo en las historias clínicas. Nos lleva mucho tiempo cada paciente”, asegura el jefe de la unidad. Además de pediatra, Mouesca es escultor. Una de sus obras decora el hall del hospital .

Es un corazón y también es un puño cerrado. O puede ser una mano tomando un corazón, dependiendo de quien la mire. En la placa del pedestal, se lee: “Lev shomea”, que en hebrero quiere decir “Corazón que escucha”, y hace referencia a un pasaje del Antiguo Testamento. “A veces la violencia no salta a simple vista y es complicado detectar ciertas situaciones. Por eso, hay que saber escuchar todas las campanas, pero sobre todo pensar en el pibe”, sostiene el médico. Y agrega: “Que un chico se pueda ir con una tía en lugar de con la madre o el padre que es violento es un montón para nosotros.

Y también que sepa que hubo un tiempo en que alguien lo trató distinto, que lo escuchó y que entendió que lo que le estaba pasando no estaba bueno. Pensamos que eso puede ser un punto de inflexión, quizás mínimo, pero significativo en su historia”. Saber escuchar. Nora Osuna, que es psicóloga y desde 2005 trabaja en el hospital, también resume así gran parte de su tarea:

“La violencia tiene un efecto traumático a lo largo de la vida de las niñas y los niños, y si no es detectada y trabajada a tiempo, las consecuencias serán mucho más severas, ya que se producen daños en la salud mental por ese arrebatamiento de la infancia y la subjetividad”. Eso puede traducirse en depresión, desbordes emocionales e ideas de muerte. La evaluación que Osuna y el resto del equipo hace de cada chico, empieza desde el momento en que pone un pie en el consultorio. Si aún no habla, pasa por interpretar sus dibujos, sus juegos, su forma de desenvolverse.

“Aun el silencio es una forma de demostrar algo. El desafío es entrar en ese silencio y establecer un diálogo o darles herramientas para poder empezar a trabajar”, dice la psicóloga. Y añade: “Sostenerse en el equipo es clave, porque este es un trabajo duro”.

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“Sostenerse en el equipo es clave, porque este es un trabajo duro”, afirma Osuna.

 

“En mucho tiempo no había visto algo así”


La unidad de violencia tiene un archivo: un cuartito de dos por cuatro metros donde las estanterías con sobres de papel madera trepan hasta el techo. Hay unas 8700 historias clínicas de los pacientes que atendieron a lo largo de los años. Las más antiguas son de 1991. Pero no son todas: antes usaban ficheros con tarjetas. Cada uno de esos sobres, es el testimonio de una infancia atravesada por la violencia. Pero, también, son casos en los que se pudo intervenir, llegar antes de que fuera demasiado tarde. “Tampoco hay que creérsela, pero muchas veces estamos evitando que la cosa progrese a una mayor gravedad.

Es fundamental que socialmente sepamos que las mamás y los papás no son naturalmente buenos y no van a querer necesariamente a los hijos”, plantea Mouesca. Entre los niños internados por violencias este jueves hay un paciente de 7 años que llegó a la terapia con signos de un posible abuso sexual, una adolescente de 16 víctima de todas las formas de maltrato posibles por parte de su madre y padrastro y un pequeño con una doble fractura de cráneo cuyos padres dicen que se cayó de la cama, pero a los médicos no les cierra por ningún lado.

También está Leo, su nombre fue modificado para preservar su identidad. Tiene 6 años y llegó al hospital a mediados de 2022. A Mouesca, que en sus años de profesión vio de todo, le sorprendió el grado extremo de maltrato: “Era una situación de abandono que no había visto en mucho tiempo. Sí en niños más chiquititos, pero no de la edad de él. Estaba desnutrido, sin estímulos, solo le daban la mamadera y hasta ahí nomás, y lo tenían encerrado en una cuna. En el medio, estuvieron los dos años de pandemia en que nadie miró”. Aunque al mes de ingresar al Elizalde a Leo le dieron el alta clínica, sigue internado por un solo motivo: no consiguen vacante en un hogar de niños que pueda alojarlo.

En su caso interviene un juzgado, un servicio local de provincia de Buenos Aires (ya que Leo es del conurbano), un equipo del Consejo de Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes de CABA (porque el Elizalde pertenece a la órbita del Ministerio de Salud porteño) y un abogado del niño. “Aun así, sigue esperando un hogar desde hace meses. Con la dificultad de que mientras tanto está expuesto a virus intrahospitalarios. Además es un nene que necesita mucha estimulación. Acá se hizo todo lo que se tenía que hacer y se le van a dar los turnos para que continúe con el tratamiento ambulatorio, pero las instituciones que intervienen no dan respuesta y el chico sigue internado”, se lamenta Mouesca.

“Tenemos la esperanza de un hogar que nos dijo que tenía una vacante y nos hizo ilusionar: vamos a llamar para insistir”, cuenta. Hay mucho que no depende de su equipo. Y es que una vez que los chicos dejan el hospital, los organismos de protección de derechos son los responsables de definir cómo continuarán sus vidas. Por ejemplo, si serán llevados a un hogar o volverán con sus familias y, en esos casos, también de hacer un seguimiento que en la práctica muchísimas veces no ocurre. “Son lugares precarizados y suelen estar colapsados.

Dependen de las municipalidades y tienen pocos recursos. Pagan sueldos muy malos y por eso solo hay profesionales recién recibidos que rotan sin parar. Nosotros tenemos que trabajar con ellos para decirles: ‘Vimos todo esto, hacé algo’. Ya que nos atiendan el teléfono es un éxito”, relata Mouesca. Y agrega: “Hay casos que te generan impotencia, porque hicimos todo lo que podíamos hacer y no alcanzó”.

Pero volvamos a Leo. Es inquieto y le cuesta dormir de noche. Por eso, una de las terapistas ocupacionales sugirió taparlo con una manta pesada, que envuelva su cuerpito y lo haga sentir seguro, arropado. Y funcionó. En el hospital, el pequeño encontró muchos corazones que supieron escucharlo. Pero también ese abrazo que, antes de llegar al Elizalde, nunca nadie le había dado.

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Una vez que los chicos dejan el hospital, los organismos de protección de derechos son los responsables de definir cómo continuarán sus vidas. Pero en los pasillos del Elizalde nadie los olvida.

DÓNDE DENUNCIAR

Línea 102
Ante situaciones de violencia contras niñas, niños o adolescentes, se puede llamar a la línea 102, un servicio de escucha, orientación y acompañamiento especializado en derechos de las infancias y adolescencias. Es gratuita, confidencial y, desde 2022, funciona en todas las provincias del país, atendida por equipos de profesionales de cada jurisdicción.
Línea 144
Ofrece atención, contención y asesoramiento en situaciones de violencia de género. El equipo es interdisciplinario y está compuesto por profesionales de las áreas del Derecho, la Psicología, el Trabajo Social y otras afines. Podés comunicarte de manera gratuita las 24 horas, todos los días de la semana, a través de un llamado al 144, por WhatsApp al 1127716463 o por mail a [email protected]. No se trata de una línea de emergencia: para casos de riesgo, hay que comunicarse con el 911.
Ministerio Público Tutelar de CABA
Integra el Poder Judicial de la ciudad de Buenos Aires. Trabaja para la promoción del acceso a la justicia y el respeto, protección y promoción de los derechos y garantías de niñas, niños y adolescentes y personas que requieren apoyos en el ejercicio de su capacidad jurídica.

Fuente: La Nación

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