Alimentarse bien, en forma saludable, sigue siendo uno de los pilares en la prevención y el tratamiento de las enfermedades cardiovasculares (y del cuidado de la salud en general). Pero la evidencia acumulada en los últimos años favoreció una ampliación de la mirada y del enfoque: además de intervenir sobre nutrientes específicos, como las grasas saturadas o el sodio, hoy se pone cada vez más el acento en la calidad del patrón alimentario en su conjunto.
Ese es uno de los principales mensajes de una nueva declaración científica del Colegio Americano de Cardiología (ACC, por sus siglas en inglés), que revisa la evidencia disponible sobre nutrición y salud cardiovascular y sugiere cómo trasladarlo a la práctica, tanto a nivel individual como poblacional.
El documento, publicado en Journal of the American College of Cardiology (JACC), respalda una alimentación basada principalmente en alimentos vegetales, fuentes saludables de grasas y proteínas, y plantea limitar aquellos productos ricos en almidones refinados, azúcares agregados, sodio y grasas poco saludables, así como los ultraprocesados de baja calidad nutricional.
“Una dieta subóptima es un factor de riesgo clave para las enfermedades cardiovasculares, y la modificación de la dieta y el estilo de vida se considera fundamental tanto para la prevención primaria como para la secundaria”, afirma en un comunicado de prensa Frank B. Hu, profesor y director del Departamento de Nutrición de la Escuela de Salud Pública de Harvard y presidente del comité que elaboró la declaración.
Según Hu, el concepto de una dieta cardiosaludable fue cambiando: “Ha evolucionado con el tiempo, pasando de enfoques centrados en los nutrientes a estrategias más holísticas, basadas en los alimentos y los patrones de consumo, que reflejan mejor los avances en la comprensión de la compleja relación entre la dieta y la salud cardiometabólica”.
Poner el foco en patrones alimentarios implica prestar atención a la calidad global de la dieta y no solamente a la cantidad de proteínas, grasas o hidratos de carbono.
Esto, según los autores de la declaración, facilita la adopción de los consejos, ya que consideran que resulta mucho más comprensible y sostenible adherir a patrones de alimentación conocidos y flexibles que calcular miligramos o porcentajes de nutrientes en forma individual.
En ese sentido, apuntan que existe sólida evidencia que respalda a la dieta mediterránea y la dieta DASH (Enfoques Dietéticos para Detener la Hipertensión). También mencionan a las vegetarianas y otras formas de alimentación basadas en plantas, lo que no implica necesariamente evitar la carne o los alimentos provenientes de fuentes animales, pero sí limitar su frecuencia de consumo.
Aunque tienen diferencias, la mediterránea y la DASH comparten características clave. La mediterránea se caracteriza por el protagonismo del aceite de oliva, frutas, frutos secos, verduras y cereales integrales; un consumo moderado de pescado y aves, y uno bajo de carnes rojas y procesadas y dulces. La DASH prioriza también frutas, verduras y cereales integrales, además de lácteos descremados o bajos en grasa, pescado, aves, legumbres, frutos secos y semillas; al tiempo que limita el sodio, carnes grasas, lácteos enteros y azúcares refinados.
En línea con esos patrones "modelo", la declaración aconseja enfatizar el consumo de proteínas vegetales por sobre las fuentes animales. ¿Qué implica eso al momento de sentarse a la mesa y en el día a día? Priorizar la elección de los siguientes alimentos.
En cuanto a las proteínas de origen animal, aconsejan priorizar:
El consenso no exige eliminar grupos completos, sino limitar y reducir los menos saludables y priorizar la sustitución de calidad. Es decir, que la mayor parte de la ingesta se componga de alimentos nutritivos.
“En definitiva, una alimentación saludable para el corazón no se trata de centrarse en un solo nutriente o alimento, ni de seguir la última tendencia dietética”, resumió Hu. “Lo que más importa es la calidad general de la dieta: un patrón constante de elecciones alimentarias saludables que favorezca la salud cardiometabólica y sea sostenible a lo largo del tiempo”.
La declaración va más allá de qué poner en el plato. Uno de los temas que aborda es el uso de agonistas del receptor GLP-1, la nueva generación de medicamentos que pueden producir una pérdida de peso importante y beneficios cardiometabólicos.
El ACC subraya que el tratamiento involucra a la alimentación: durante su uso sigue siendo fundamental mantener una dieta de calidad y garantizar suficiente proteína, fibra, vitaminas y minerales. También señala la importancia de preservar la masa muscular durante el descenso de peso.
Sobre el ayuno intermitente, considera que puede ser una estrategia para bajar de peso y mejorar algunos resultados metabólicos a corto plazo en determinados casos, aunque señala que la evidencia sobre sus beneficios a largo plazo todavía es limitada.
Otro eje abordado en el documento son los programas conocidos como “Food Is Medicine” (“La alimentación es medicina”), que incorporan la provisión de alimentos nutritivos como una intervención vinculada con el sistema de salud. Según sus autores, estos programas mejoran la calidad de la dieta y existe evidencia creciente sobre sus beneficios clínicos, aunque todavía quedan interrogantes sobre qué intervenciones funcionan mejor para cada paciente y en qué circunstancias.
También dedican espacio a las barreras que dificultan el acceso a una buena alimentación al subrayar que no se trata simplemente de decisiones individuales. La disponibilidad de alimentos nutritivos, su precio, la posibilidad de acceder a ellos y las condiciones para prepararlos y consumirlos condicionan la calidad de lo que se consume, dicen.
A raíz de eso, la declaración plantea integrar la nutrición a la atención médica, ampliar el acceso al asesoramiento nutricional y tener en cuenta siempre los determinantes sociales de la salud.