Una investigación detectó señales moleculares asociadas con cáncer de próstata y de mama hasta ocho años antes del diagnóstico clínico.
El hallazgo liderado por investigadores británicos y canadienses fue publicado en la revista Cell Genomics y abre la posibilidad de identificar a personas con mayor riesgo antes de que aparezcan síntomas o tumores visibles, aunque el método todavía requiere validación clínica.
El trabajo analizó muestras de sangre almacenadas de personas que no tenían cáncer cuando las donaron y buscó modificaciones químicas en su ADN. Años después, parte de ellas recibió un diagnóstico de cáncer de próstata o de mama. Al comparar esos perfiles con los de participantes que siguieron libres de la enfermedad, el equipo identificó patrones vinculados con la aparición posterior de ambos tumores.
La investigación utilizó material biológico de 491 participantes del Ontario Health Study, una cohorte de más de 225.000 residentes de Ontario. Sus muestras se conservan en biobancos y pueden cruzarse, con consentimiento, con cuestionarios y registros de salud para estudiar qué cambios biológicos precedieron a una enfermedad.
Los científicos se concentraron en la metilación del ADN, pequeñas marcas químicas que intervienen en la regulación de los genes. Estas señales pueden modificar la actividad genética relacionada con procesos como el crecimiento celular, la inflamación y la respuesta inmunitaria, sin alterar la secuencia del ADN.
El estudio fue dirigido por Nicholas Cheng, científico especializado en aprendizaje automático de Genairx y exintegrante del Instituto de Investigación del Cáncer de Ontario, Canadá, junto con Philip Awadalla, profesor de Genética Molecular en el Departamento de Salud Poblacional de Oxford y en el Instituto de Macrodatos de la Universidad de Oxford, Reino Unido. También participaron investigadores de la Universidad de Toronto y del Centro Oncológico Princesa Margarita.
En los casos de cáncer de próstata, el equipo halló la señal temprana más clara: los patrones de metilación permitieron identificar a personas con alto riesgo entre cinco y ocho años antes de que recibieran el diagnóstico. Los cambios se ubicaron sobre todo en regiones del ADN llamadas silenciadores, que habitualmente contribuyen a desactivar genes.
Ese resultado adquiere relevancia porque no existe un programa de cribado poblacional generalizado para este tumor. Los autores plantean que, si futuros ensayos confirman la utilidad de la prueba, podría servir para orientar controles más estrechos en quienes presenten mayor riesgo y evitar estudios innecesarios en grupos de bajo riesgo.
Para el cáncer de mama, la prueba también encontró diferencias entre las participantes que más tarde desarrollaron la enfermedad y quienes no lo hicieron, desde un año y medio hasta ocho años antes del diagnóstico. Sin embargo, la capacidad de clasificación fue menor que en próstata. Por ese motivo, los investigadores consideran que, por ahora, no alcanzaría para un cribado poblacional, aunque podría complementar la evaluación individual de riesgo.
“La mayoría de los cánceres de mama y de próstata se detectan en estadio 1 o 2, cuando los tumores ya han tenido oportunidad de establecerse”, señaló Awadalla, autor sénior principal del estudio, según el Instituto de Investigación del Cáncer de Ontario. “Este método nos permite ver los cánceres en estadio 0 e incluso antes, cuando pueden tratarse con mucho éxito o prevenirse por completo”.
Awadalla explicó que el valor de la cohorte radica en la posibilidad de reconstruir el período anterior a la enfermedad. “Podemos retroceder en el tiempo y conocer la biología de una persona mucho antes de que enfermara, y encontrar pistas sobre cuándo y cómo se desarrolló su enfermedad”, afirmó.
Los investigadores subrayan que una señal de alto riesgo no equivale a un diagnóstico de cáncer. Aún deben determinar si esos patrones proceden de tumores microscópicos que ya existen, pero que las técnicas habituales no detectan, o si expresan cambios biológicos que aumentan la probabilidad de que la enfermedad aparezca en el futuro.
La distinción tiene consecuencias para el uso eventual de la prueba. En el primer caso, podría adelantar la detección de un cáncer ya iniciado; en el segundo, serviría para identificar a quienes requieren prevención o vigilancia personalizada. El estudio no permite todavía diferenciar entre esas dos posibilidades.
La eventual aplicación de estos análisis debería integrarse con otros factores, como antecedentes hereditarios, tabaquismo, estudios por imágenes y los controles recomendados para cada persona.
El grupo planea un ensayo clínico prospectivo para comprobar si los resultados se mantienen en otros entornos y poblaciones. Además, evalúa tecnologías que permitan hacer los análisis más precisos, rápidos y accesibles para los sistemas de salud.
“El potencial va más allá de una prueba aislada de detección de cáncer”, sostuvo Awadalla. “Podría constituir un enfoque integral de estratificación de riesgo que cambie la forma en que hacemos los controles de cáncer y vigilamos a los pacientes de alto riesgo”.
En una evaluación más amplia de esta línea de investigación, el científico señaló que el objetivo es complementar, y no sustituir de inmediato, las herramientas disponibles: “Los análisis de sangre mínimamente invasivos podrían complementar los cribados existentes y ayudar a identificar a quienes se beneficiarían más de una vigilancia estrecha”.
La investigación recibió financiación del Ministerio de Universidades y Colegios de Ontario. Sus resultados describen una vía de detección temprana en desarrollo; antes de incorporarse a la atención habitual, el método deberá demostrar su rendimiento y utilidad en estudios prospectivos.